Seguidores

sábado, 11 de julio de 2026

Hasta Turdera

 







Me apoyo sobre el escritorio y miro el agujero en la pared. Parece que crece o tal vez sea mi mirada que se ensancha cuando la detengo largo rato y se deforman los objetos. Es un parar sin nada, un túnel, un detenerse en ese renglón donde todo continúa sin límites. Un viaje sin boleto.

Cuando Eliana se va, una comparsa me atraviesa y me deja en dos partes con el sabor amargo del fracaso permanente pero hoy es día de amigos y no voy a empañar las cervezas heladas con toda esta mierda. Tal vez vaya Fernando y podamos recordar, como siempre lo hacemos, aquel día que bailamos con los travestis. Mini de cuero trucho como todo y el pañuelo de gasa negro tapando la nuez de macho. Hay una parte que jamás contamos, esa queda en el silencio de nuestra noble amistad y en el pendrive.

Con esa costumbre de ponerme las manos en los bolsillos del pantalón mientras recuerdo, otra vez saco el papel que me había dejado Eliana para coordinar los días que debía retirar a los chicos con sus horarios.

Los lunes a las 5, retirar del colegio a ambos. Y un círculo histérico bordea la palabra colegio. Los miércoles a las 6.30 retirar a Manu de fútbol. Otro círculo. Los viernes Juli  a las 6 sale de natación. Círculo. Fines de semana completos (círculo) intercalados, comillas. El 19 de noviembre a las 6 vamos de la Dra Oleink para arreglar la cuota alimentaria como indica la ley. Esta oración estaba en un solo círculo con marcador rojo. “La ley” con mayúsculas. Ni se imagina.

—Pero el 19 de noviembre es miércoles —digo con el almanaque en la mano.

—No seas pelotudo —me dice remarcando la pe y no me responde la pregunta. Me queda el círculo abierto. Me relajo, irá la madre a buscarlo a Manu. Yo le avisé.

—Ni un minuto más. Tenés que respetar todos los horarios como te los marqué —cocorea y lleva los ojos hacia arriba con ese movimiento que odio: arruga la barbilla y aprieta los labios como una almeja antes de morir.

Se va, escucho el ascensor, para antes de planta baja, escucho voces y la harpía golpea con el taco en el piso. Es su taco. Ahí abajo me quiere tener, con el taco en la yugular. Respiro. Me vuelvo a ahogar. En el momento que vuelvo al agujero de la pared, suena el teléfono.

—Hola—

Del otro lado una voz que imagino de colegiala me dice “¿papi?”. Corto. Me asusto. Juli tiene cuatro y otra voz. Dominique Swain viene a mi cabeza.

Armo el mapa mental mientras me pongo la campera para dejar la oficina. Lunes, miércoles y viernes. Justo los viernes que salimos con los pibes. Lo hace para joderme, le encanta verme verde de bronca pero esta vez no le digo nada.

Sonido de mensaje. Es Pablo de contaduría. “Te deposité en el Santander, el blanco. Lo otro, no va a poder ser efectivo entonces abrí una cuenta en el BBVA. Mañana te cuento cómo nos vamos a manejar”

“Genial” le escribo y mientras camino por Corrientes borro la conversación, por costumbre ya nadie lee mis mensajes.

El blanco es el treinta y cinco por ciento, o sea que me queda un buen resto que no me va a poder reclamar. Miami. No subir fotos al IG.

Se terminan los uniformes. La estatal es la mejor educación. Los cambios de temporada se pueden arreglar con la ropa que dejan los sobrinos que son ricos y más grandes. La Dra Oleink se va a tener que ir a la mierda junto con la clienta.

Otra vez, desconocido.

—Hola, pa. Estoy en la estación y no te veo.

Corto, bloqueo. Pienso en las estafas, pienso en la estación de Turdera. Luis Guillón. ¿Termina en Ezeiza? Puede ser.

Mañana es sábado. ¿Me toca a mí? No me dice nada para que la tenga que llamar. Me insulta durante media hora, no me dice lo que espero y después me denuncia porque no fui a la visita pautada.

Doblo en Pueyrredón. El aire fresco me despierta. Llego y el Cabezón está en la mesa de siempre. Cervezas, risas. Llega Fernando me golpea el hombro con el suyo. —Marcos llega y media —dice con una aceituna en la boca que muestra el hueco de la primera muela ausente.  Lo de siempre, un poco de fútbol, minas, infaltables. El Cabezón me señala con la mirada y un acariciarse el bigote, dos minitas que están en la mesa frente a la nuestra, cerca de la puerta del baño. —No tienen más de quince, pará —bajo la voz y miro alrededor.

—Ahora resulta que les hacés asco —me dice Fernando— ¿te olvidaste de la pibita que te llevaste de los quince de Lola?

Vuelvo a casa, mareado. Mañana tengo que ir por los chicos, creo que es el sábado que me toca. No la voy a llamar.

Meto los pies en el barro y cuando giro es un cementerio de tumbas de un metro de largo. Me despierto babeado. Será el clonazepam. Me baño. Salgo a la jungla kínder.

Toco el timbre. La cara de Eliana en gesto de guerra. Me da las mochilas y recomendaciones que no escucho. Dijo algo de un medicamento, creo. No me interesa.

Los chicos felices, intentan planes para pasarla bien. Hablan sin parar. No sé de qué. Gritan como desenfrenados. Me estalla la cabeza.

Llegamos a Constitución, cruzamos la plaza. Sacamos boletos a Ezeiza. Saltan como perros felices, piden golosinas del kiosco. La estación parece una mole húmeda en blanco y negro. Me duele la cabeza.

Llega el tren. Sube Manu primero, después Juli que pide ayuda. La levanto imitando el sonido de un motor. Se ríe. Nos sentamos cerca de la puerta. El tren empieza a andar. Todo es alegría. Lomas, sacan los caramelos. Temperley. Se detiene en Turdera. Empieza el movimiento para seguir viaje, bajo. Desde la estación veo el pelo de Manu que se acerca a su hermana. La ventanilla se aleja. Ya no los veo más.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Diario de Leonora

  Los Visitantes Leonora Carrington                                                                                                  A Leono...