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lunes, 13 de julio de 2026

Diario de Leonora

 


Los Visitantes Leonora Carrington

                                                                                                 A Leonora Carrington

13 de enero

Luna creciente. Dicen que cuando la luna está creciente no te tenés que operar un tumor, porque vuelve a crecer. ¿Será que todo vuelve  a crecer? El pelo crece más si lo cortás en creciente, igual que las uñas. Si odiás a alguien le decís que se opere en creciente y se corte el pelo en menguante.

Amanda está tejiendo una alfombra para el piso. Tal vez teja otra. No me gustan los colores azules, son tristes. Ella es triste. Esta casa es triste. Esta casa es azul.

15 de enero

Cuando me desperté papá ya se había ido. Algo le pasa, no saludó. Ayer sacó un rosario de la mesa de luz y se lo colgó del cuello. Hace años que no va a misa. Hace días que camina con la cabeza gacha.

En la esquina de Rivadavia me encontré con Lucy, dice que tiene novio. Se llama Ricardo y trabaja en una curtiembre de Alsina. Dice que le va a regalar una campera de cuero y la estúpida se lo cree. Me gustaría tener novio. El que me gusta es J pero se metió con Lili, justo esa.

20 de enero

Lo vi llegar con el diario debajo del brazo. Se fue directo al fondo. No saludó, hace días que no habla.

22 de enero

Amanda teje unas ropitas de bebé color rosa, dice que son para el cotolengo. Por un momento imaginé una casa con niños con ventanas grandes y no tapiadas, con un comedor como el de Lucy, con una madre que cocine tortas y mire las novelas de la tarde.

Llegó más tarde que de costumbre, se fue al fondo, lo escuché revolver entre las herramientas. ¿Qué buscaría? Se le dio por buscar entre las plantas, no sé. La pala se escuchaba raspar algo. Cuando lo saludé desde el pasillo, no me contestó. Los viejos tienen esa impunidad por la ausencia de mañanas.

23 de enero

El calor de Buenos Aires trae olores. Hoy hay luna llena.

Amanda sigue tejiendo, ahora para los más grandecitos. Las agujas hacen un cric metálico como de pequeñas espadas. La oscuridad la va absorbiendo de a poco hasta quedar en la sombra más escalofriante. Ella sigue y no le importa nada.

24 de enero

Apareció por la puerta lateral, no saludó, como siempre, se sacó los zapatos antes de entrar a la casa. Nunca lo había hecho antes. El rosario no lo tenía puesto. Tampoco quise mirar demasiado. Cuando me clava esos ojos, me da terror.

 

25 de enero

Tarde de sol pleno. Dicen que crían chanchos en la otra cuadra. El olor es nauseabundo. Lucy me dijo que se comen cualquier cosa. Los chanchos.

Amanda me dijo que no la molestara que estaba contando. Para mí que rezaba. Hace años que no reza, ni va a misa pero igual se puede rezar sin comulgar.

Él ayer a la noche salió con la bolsa esa de arena. Apestaba. Cuando volvió quemó todo.

La mamá de Lucy tiene el pelo color caoba, se peina con un broche sobre la nuca y le cuelgan dos mechones a los costados del flequillo. Dice que debería tener novio pero desde que J se metió con Lili, no me gusta ninguno.

29 de enero

Hoy no lo vi.

30 de enero

Fui con Lucy a la feria. Hacía rato que no iba. Vomité en la esquina antes de entrar. El olor de las verduras podridas tal vez me hizo mal.

No vino.

 

3 de febrero

Amanda empezó a tejer otra alfombra azul. Le quise hablar y me dijo que estaba contando que no la molestara.

Hace días que no lo veo.

La luna está menguante.

10 de febrero

No se ve. La luna está nueva.

La policía fue a la chanchería. Me lo contó Lucy. Parece que había algo irregular en los chanchos. ¡Pobres bichos!

Ya no se siente más ese olor asqueroso.

Tal vez se llevaron los chanchos a otro lado.

No volvió.

Encontré el rosario tirado en el fondo, estaba roto justo en la bolita del “gloria”.


sábado, 11 de julio de 2026

Hasta Turdera

 







Me apoyo sobre el escritorio y miro el agujero en la pared. Parece que crece o tal vez sea mi mirada que se ensancha cuando la detengo largo rato y se deforman los objetos. Es un parar sin nada, un túnel, un detenerse en ese renglón donde todo continúa sin límites. Un viaje sin boleto.

Cuando Eliana se va, una comparsa me atraviesa y me deja en dos partes con el sabor amargo del fracaso permanente pero hoy es día de amigos y no voy a empañar las cervezas heladas con toda esta mierda. Tal vez vaya Fernando y podamos recordar, como siempre lo hacemos, aquel día que bailamos con los travestis. Mini de cuero trucho como todo y el pañuelo de gasa negro tapando la nuez de macho. Hay una parte que jamás contamos, esa queda en el silencio de nuestra noble amistad y en el pendrive.

Con esa costumbre de ponerme las manos en los bolsillos del pantalón mientras recuerdo, otra vez saco el papel que me había dejado Eliana para coordinar los días que debía retirar a los chicos con sus horarios.

Los lunes a las 5, retirar del colegio a ambos. Y un círculo histérico bordea la palabra colegio. Los miércoles a las 6.30 retirar a Manu de fútbol. Otro círculo. Los viernes Juli  a las 6 sale de natación. Círculo. Fines de semana completos (círculo) intercalados, comillas. El 19 de noviembre a las 6 vamos de la Dra Oleink para arreglar la cuota alimentaria como indica la ley. Esta oración estaba en un solo círculo con marcador rojo. “La ley” con mayúsculas. Ni se imagina.

—Pero el 19 de noviembre es miércoles —digo con el almanaque en la mano.

—No seas pelotudo —me dice remarcando la pe y no me responde la pregunta. Me queda el círculo abierto. Me relajo, irá la madre a buscarlo a Manu. Yo le avisé.

—Ni un minuto más. Tenés que respetar todos los horarios como te los marqué —cocorea y lleva los ojos hacia arriba con ese movimiento que odio: arruga la barbilla y aprieta los labios como una almeja antes de morir.

Se va, escucho el ascensor, para antes de planta baja, escucho voces y la harpía golpea con el taco en el piso. Es su taco. Ahí abajo me quiere tener, con el taco en la yugular. Respiro. Me vuelvo a ahogar. En el momento que vuelvo al agujero de la pared, suena el teléfono.

—Hola—

Del otro lado una voz que imagino de colegiala me dice “¿papi?”. Corto. Me asusto. Juli tiene cuatro y otra voz. Dominique Swain viene a mi cabeza.

Armo el mapa mental mientras me pongo la campera para dejar la oficina. Lunes, miércoles y viernes. Justo los viernes que salimos con los pibes. Lo hace para joderme, le encanta verme verde de bronca pero esta vez no le digo nada.

Sonido de mensaje. Es Pablo de contaduría. “Te deposité en el Santander, el blanco. Lo otro, no va a poder ser efectivo entonces abrí una cuenta en el BBVA. Mañana te cuento cómo nos vamos a manejar”

“Genial” le escribo y mientras camino por Corrientes borro la conversación, por costumbre ya nadie lee mis mensajes.

El blanco es el treinta y cinco por ciento, o sea que me queda un buen resto que no me va a poder reclamar. Miami. No subir fotos al IG.

Se terminan los uniformes. La estatal es la mejor educación. Los cambios de temporada se pueden arreglar con la ropa que dejan los sobrinos que son ricos y más grandes. La Dra Oleink se va a tener que ir a la mierda junto con la clienta.

Otra vez, desconocido.

—Hola, pa. Estoy en la estación y no te veo.

Corto, bloqueo. Pienso en las estafas, pienso en la estación de Turdera. Luis Guillón. ¿Termina en Ezeiza? Puede ser.

Mañana es sábado. ¿Me toca a mí? No me dice nada para que la tenga que llamar. Me insulta durante media hora, no me dice lo que espero y después me denuncia porque no fui a la visita pautada.

Doblo en Pueyrredón. El aire fresco me despierta. Llego y el Cabezón está en la mesa de siempre. Cervezas, risas. Llega Fernando me golpea el hombro con el suyo. —Marcos llega y media —dice con una aceituna en la boca que muestra el hueco de la primera muela ausente.  Lo de siempre, un poco de fútbol, minas, infaltables. El Cabezón me señala con la mirada y un acariciarse el bigote, dos minitas que están en la mesa frente a la nuestra, cerca de la puerta del baño. —No tienen más de quince, pará —bajo la voz y miro alrededor.

—Ahora resulta que les hacés asco —me dice Fernando— ¿te olvidaste de la pibita que te llevaste de los quince de Lola?

Vuelvo a casa, mareado. Mañana tengo que ir por los chicos, creo que es el sábado que me toca. No la voy a llamar.

Meto los pies en el barro y cuando giro es un cementerio de tumbas de un metro de largo. Me despierto babeado. Será el clonazepam. Me baño. Salgo a la jungla kínder.

Toco el timbre. La cara de Eliana en gesto de guerra. Me da las mochilas y recomendaciones que no escucho. Dijo algo de un medicamento, creo. No me interesa.

Los chicos felices, intentan planes para pasarla bien. Hablan sin parar. No sé de qué. Gritan como desenfrenados. Me estalla la cabeza.

Llegamos a Constitución, cruzamos la plaza. Sacamos boletos a Ezeiza. Saltan como perros felices, piden golosinas del kiosco. La estación parece una mole húmeda en blanco y negro. Me duele la cabeza.

Llega el tren. Sube Manu primero, después Juli que pide ayuda. La levanto imitando el sonido de un motor. Se ríe. Nos sentamos cerca de la puerta. El tren empieza a andar. Todo es alegría. Lomas, sacan los caramelos. Temperley. Se detiene en Turdera. Empieza el movimiento para seguir viaje, bajo. Desde la estación veo el pelo de Manu que se acerca a su hermana. La ventanilla se aleja. Ya no los veo más.


La red







 La lista se hacía inmensa. Faltaban hígados, corazones, pulmones, páncreas, riñones, también intestinos. Nada llega a tiempo para el que está desesperado por vivir, por seguir regalándole estrellas a sus niños pequeños, horas de cuentos, amores en espera. Te llamo el viernes a ver si tenés novedades o me llamás en cuanto puedas. Tenés también el teléfono de mi prima aunque preferiría que me llamaras a mí, ella está haciéndose estudios. No quisiera molestarla.

   Fue en la autopista, la camioneta se estrelló contra el guardarrail. Los tres jóvenes murieron en la terapia intensiva del hospital Interzonal. Seis riñones, seis pulmones, tres corazones. Uno es mío, para mí. Mi vieja ya está filtrada: ir y venir  con los chicos del colegio, hacer comidas. Las mías son especiales. Llevarme a las visitas médicas. No se sabe, señora, esto es así. Llega en cualquier momento o no llega nunca, lamentablemente. Pareciera que todo está por derrumbarse y el agujero negro que se abre en el techo de mi habitación. No sé a dónde llega. Es un océano y yo en la balsa esperando que una isla se dibuje en un horizonte inexistente. Y los tiburones, ahí.

   Cuando escuchó la noticia sintió que alguno podría ser un donante. Todos eran jóvenes, él también y se estaba esfumando cada día.

   Compatible, dijo. Se colgó la birome sin esfuerzo del delantal blanco. Acomodó sus anteojos que insistían en derramarse por su cara de témpano. El intercomunicador le devolvió la voz del otro lado. En una hora. Esto es así. En media hora está todo el equipo y el segundo equipo por si se prolonga. En el cuarto piso lo espera Micaela, la enfermera. Los nenes salen del colegio en una hora, ma. La llamo a Marisel, la mamá de Bruno. Vos, tranquilo. Ahora las energías están acá. ¿Es alguno de los chicos del accidente en la autopista? Ya hablamos de esto, confidencialidad. Pero no, no es ninguno de ellos. Este tomó sus propias decisiones. ¿Me entendés? Algunos deciden hasta cuándo, otros dejan que el destino elija. Solo tenés que pensar que a vos te sirve ese corazón. ¿De acuerdo?

   Las manos se frotaban entre sí con dureza con la necesidad de que algo se encendiera. Esa esperanza la necesitaba uno y otro. Para mí llegó en este momento. Por los chicos, por mamá.

   Los días de la terapia me dejaron luces y sonidos, pitidos de aparatos. Registro permanente y esa baba que corría entre el respirador y mi barba. Las manos de Clara eran suaves. ¿Cómo está mi paciente favorito? Cascabeleaba al entrar. Solo el pip, pip y un fuelle llenaban la habitación fría. 

   Las hamacas se movían como habitadas. Flojas, livianas en un día próximo a reventar en rayos y lluvia. Llevaba guardapolvo blanco. Las manos en el bolsillo. No me gusta esa escuela. No me gusta la lluvia. No me gusta el preceptor de bigotes. No me gusta casi nada. No seas estúpido el juego es así, te ponés la bolsa de nylon en la cabeza, te desmayás y uno de nosotros te rescata. ¿Entendiste? Lautaro te hace el video y lo sube.

   Pip, pip. Siento frío. ¿Será bueno sentir algo? Sin embargo me ahogo y tengo un tubo, no respiro por mis pulmones. ¿Qué es esto? No viene Clara. Pip, pip. Las luces me rebotan en la cara. No puedo sentir nada, estoy conectado. Me ahogo, es muy raro. Es un deseo de ahogarme.

   No siento nada. La bolsa sigue en mi cabeza. 

   Todo era agua, nada más. Agua en toda su extensión. Un mundo de agua de donde venía y pequeñas estatuas de agua hacían de la sombra un lugar de encuentro entre los negros y los grises. Agua, todo era agua, nada más, mas nada.

   La madre gritaba el agudo llanto. Mi bebé. Una loca, una madre desentrañada a la fuerza. Más nada. Ella ya no estaba aunque pareciera estar en este mundo, ella ya no estaba. Su hijo tampoco.

   Llegó una ambulancia. Estoy en un quirófano. Unos pendejos que estaban haciendo choking game. Ya hicimos resucitación y nada. ¿Qué pasó doc? Asfixia autoinducida sin respuesta. Siento que me van a arrancar el corazón. No respiro. Todo se hizo gris. Hijos de puta, no me sacaron la bolsa. No me sacaron la bolsa. Corré, boludo, corré. Espero que hayan hecho el streaming.


miércoles, 5 de noviembre de 2025

Esa sombra igual a mí


 Imagen Chica con lágrima III  Roy Lichtenstein



                                                                                                        A Gustavo Roldán

 

No es fácil volver de París, en realidad nunca es fácil volver de ningún lado. Me queda la sobredosis de ojos, la inerte sonrisa del turista idiota que no quiere que lo reconozcan tan sudaca. ¿O acaso no te pasa? ¿Te cansaste ya de sonreír a los franceses? Bonjour bonjour. Si en Buenos Aires nunca dijiste ni hola.

El día que fuimos de compras al Franprix, en el metro había un tipo muy raro con un saxo entre las piernas. ¿Sabés de qué te hablo? Ese que parecía un americano, un jazzero de los de antes. Entre dormido dejó caer el saxo que sonó a lata templada, cuando se despertó tenía esa sonrisa dibujada en la cara lustrosa sin embargo sus ojos estaban a kilómetros de distancia. Inmensamente tristes.

Ya sé que me vas a decir que París está lleno de negros pero este no era africano de los de ahora. No, no. Este marcaba el compás con el pie —una pata enorme— y esa sonrisa fácil, de buena gente. Esa sonrisa de acariciar la vida antes de que te dé un cross de derecha. Escuché que alguien le hablaba, tenía esa erre francesa, el tipo alto. ¿Por qué me parece conocerlo? ¿Te pareció lo mismo?

Es que creo que es el mismo tipo que vimos en Praga, cerca del puente. ¿Te acordás que nos preguntó por La Maga y nos reímos mucho? El tipo hablaba perfecto argentino. Nos dijo algo así como que en Praga son tan cortos los días pero el calor brota de las chimeneas del encierro —acá la erre se le pegó el resbalón— y la música y ya no tengo veinte años para enfrentar la nieve. Yo creí que estaba en pedo pero vos me dijiste que ese tipo alto de pelo negro era parecido a tu amigo de Buenos Aires ¿puede ser?

Sabés que los viajes me dan vuelta las hormonas y se me van juntando las baldosas de una y otra ciudad como figuritas de un álbum pero el puente y los leones ¿Era París o Praga? Bueno es que las dos empiezan con pe. Tal vez, Londres. Está lleno de leones. Por un momento me la imaginé a Virginia montada en un león —hembra—.

            Sabés que el sol menor se pinta de azul triste, dicen de los colores fríos y en Praga hacía tanto frío que la nieve parecía la mismísima Antártida. Ese amigo tuyo, el otro, que no recuerdo el nombre, me llevó al hotel Silenzio. Tal vez nunca te lo haya contado y me sonó a silencio (no sé nada de checo) y todo fue silencio: mi desnudo y su desnudo, el cartel titilante de la puerta que dejaba resquicios de rojos y blancos.

El negro del metro sonrió mientras su pie daba un golpecito. Fue con melancolía. Los orgasmos melancólicos te dan tantas ganas de llorar…

Las chimeneas soplaban bocanadas de humo y me hubiese gustado poder volar sobre los techos. Volé. Tal vez no te lo dije nunca pero esa melancolía de la que te hablaba me hacía volar y las luces. ¿Te conté de las luces?

El tipo me habló de la esposa. ¿Podrás creerlo? Si no lo paraba me hubiese hablado de las navidades con sus hijos alrededor del arbolito.

¿Estábamos cerca de navidad cuando fuimos a Praga?

Dio unos golpecitos como marcando un compás pero olía a alcohol, penetrante. Me penetró todos los sentidos.

Los colores se mezclaban, titilaban en una calle silenciosa o nosotros éramos los silenciosos. Cerró la puerta, se fue y yo me quedé en la cama. Había pedido una botella de vino. Los vinos franceses son exquisitos. Estaba pintando un autorretrato, cuando terminó de decirlo estallé de risa. ¿Qué otra cosa podría pintar? Imaginé la cara de Diego y Las Meninas.

 Marcó el compás y el morocho le hablaba con tanto encanto… casi me lo creo, tanta dulzura. El tipo quería algo del negro y yo quería algo de París pero me fui dos horas después con el vestido desprendido y la botella y los tacos en la mano. Porque la heroína desvaída siempre tiene que salir con los tacos en la mano y si tiene veinte, mejor. Porque de viejas, ni hablar. Viejas locas. Me gustás mucho, me dijo cuando cerró la puerta. Un boludo.

Y la botella, tomando del pico, obvio. Se llamaba Silenzio. No hice ningún ruido, te juro. Mi ruido… es ensordecedor a veces. No sé en qué momento apareció pero sí sé en qué momento desapareció. Y estaba nevando. Fue en París o en Praga, una de las dos. Pensándolo bien era medianoche y fue en París. Creo.

 

jueves, 23 de octubre de 2025

Terrones y azúcar



Imagen: La caída (1944) Débora Arango



 

 

…vio desde el salón que Laure  salía al jardín

con un vestido azul sobre el que se derramaba

la cabellera rojiza, encendida por el sol.

El Perfume

Patrick Süskind

 

 

 

Fue por acá, era esta puerta. Ale miró los relojes colgados en la pared y reconoció los papeles en fila como recordatorios. Mariposas berretas. Pudo leer en uno, su nombre. Un olor a vinagre viejo la asqueó. El péndulo recorría un espacio tan largo que cuando volvía era distinto, tal vez más brillante, tal vez más cerca. Cada vez más cerca.

Quiero salir, gritaba y un gigante negro, obstinado, con pelo grasiento la detenía con la mano en alto. Le apoyaba la maza en la frente con la terquedad de quien no tiene reparos en romperte en pedazos.

La lámpara se balanceaba y dejaba resquicios por donde se colaba el techo de chapas. Otro techo de chapas. Un techo que resoplaba dolores. Lo negro se volvió más negro  ya no puedo distinguir formas.

La abuela me daba terrones de azúcar cuando me portaba bien. Dulce como la sangre.

Los tacos no la soportaban, los tobillos estaban reblandecidos y sus pestañas postizas se iban despegando, caían al pozo como hojas de un otoño cuarteado. Un hilo de baba salía por su comisura. Se tocó y el líquido caliente resbalaba por su pecho. No podía unir lo que estaba roto. La pollera ínfima se trepaba a sus piernas sin voluntades. No veía a Carla, alguien gritaba en la otra habitación o era ella misma que se iba desprendiendo.

 

—Te lo pido por favor, te confundiste.

—Puta reventada.

— ¡Las uñas, no!

Empezó la música a destrozar el canto de los cuervos.

—Pendeja de mierda.

—Basta, por favor.

—Te lo manda el Bambi. Sabés, ¿no?

—Estás equivocado. Dejame hablar con él.

— ¿Sabías que con él no se jode?

—No, yo le dije…

— ¿Qué pensaste? Era fácil. Pero querías más. Ahora tenés más.

El monstruo se tocaba con la satisfacción de verla partida.

Paró. Alguien se acercó. Vi su silueta en la puerta.

—Pará, Bocha ya está  —dijo la voz.

Bocha, claro que lo conozco. Lo conocí en esa fiesta al hijo de puta. Salimos juntos. Entonces trabajaba para él.

El temblor no la dejaba respirar, la habitación se tiñó de violeta intenso. Pensó en su peluche, ese que dormía sobre su cama desordenada. Quiso volver, quiso tirarse en el pasto de la plaza y ver cómo el humo salía de su boca. Rico perfume. Una flor. Quiso acariciar algo y no supo qué. Maldijo al jorobado de mierda, al Cabeza. Maldijo la noche que lo conoció al Bambi y le prometió amor eterno. El polvo rosa estaba cerca. Lo vio. Trepó su cuerpo, reptó el piso de tierra que la tragaba de a poco. Ya estaba cerca, tan cerca que podía tocarla. Más cerca y más brillante como un péndulo que la partía en dos.

 

miércoles, 27 de agosto de 2025

Telares


 Imagen: Retrato de la abuela Anna cosiendo S. Dalí


Telares

                                         Ahora Washington está dictándome:  

                         Una buena obrera…

                                                                                              J. J. Saer “A medio borrar”

 

 

                                                                                                                                                            

Esther se sentó en el sillón azul, levantó sus piernas lentamente. Recogió su delantal en la cintura y allí escondió sus manos gruesas. Empezó a dictarme y solo pude copiar esto:

 

Una buena obrera                coma de telar en minutos sin minutos            punto.

Los zapatos del casamiento                   punto. No hay otros   coma taco clavado en talón obrero       punto. Pulsera apretando un tobillo hinchado de horas coma minutos y segundos            punto. Cuando cobre             coma vendrán las zapatillas                punto. Ahora          coma caminar el barro        punto.

 Y el olor del telar               coma el olor del tiempo sin hijo     punto.      El olor de la obrera                           punto.

La tarjeta de salida y cincuenta y nueve    coma  falta todavía punto.

 Mi nene en siesta de madre otra       punto.

 La obrera soy yo punto.

Campomar coma       Valentín Alsina 1960            punto.

 Campomar otro 1978, no hay         punto. Campomar de muerte, cuerpo de río suspirando estelas de telar. Ojos de vidrio esmerilado. Telares de tejer venenos                                punto.

Cada minuto de la máquina equivale a un muerto                punto.


Diario de Leonora

  Los Visitantes Leonora Carrington                                                                                                  A Leono...