Me apoyo sobre el escritorio y miro
el agujero en la pared. Parece que crece o tal vez sea mi mirada que se
ensancha cuando la detengo largo rato y se deforman los objetos. Es un parar
sin nada, un túnel, un detenerse en ese renglón donde todo continúa sin
límites. Un viaje sin boleto.
Cuando
Eliana se va, una comparsa me atraviesa y me deja en dos partes con el sabor
amargo del fracaso permanente pero hoy es día de amigos y no voy a empañar las
cervezas heladas con toda esta mierda. Tal vez vaya Fernando y podamos recordar,
como siempre lo hacemos, aquel día que bailamos con los travestis. Mini de
cuero trucho como todo y el pañuelo de gasa negro tapando la nuez de macho. Hay
una parte que jamás contamos, esa queda en el silencio de nuestra noble amistad
y en el pendrive.
Con esa
costumbre de ponerme las manos en los bolsillos del pantalón mientras recuerdo,
otra vez saco el papel que me había dejado Eliana para coordinar los días que
debía retirar a los chicos con sus horarios.
Los
lunes a las 5, retirar del colegio a ambos. Y un círculo histérico bordea la
palabra colegio. Los miércoles a las 6.30 retirar a Manu de fútbol. Otro
círculo. Los viernes Juli a las 6 sale
de natación. Círculo. Fines de semana completos (círculo) intercalados,
comillas. El 19 de noviembre a las 6 vamos de la Dra Oleink para arreglar la
cuota alimentaria como indica la ley. Esta oración estaba en un solo círculo
con marcador rojo. “La ley” con mayúsculas. Ni se imagina.
—Pero el
19 de noviembre es miércoles —digo con el almanaque en la mano.
—No seas
pelotudo —me dice remarcando la pe y no me responde la pregunta. Me queda el
círculo abierto. Me relajo, irá la madre a buscarlo a Manu. Yo le avisé.
—Ni un
minuto más. Tenés que respetar todos los horarios como te los marqué —cocorea y
lleva los ojos hacia arriba con ese movimiento que odio: arruga la barbilla y
aprieta los labios como una almeja antes de morir.
Se va,
escucho el ascensor, para antes de planta baja, escucho voces y la harpía
golpea con el taco en el piso. Es su taco. Ahí abajo me quiere tener, con el
taco en la yugular. Respiro. Me vuelvo a ahogar. En el momento que vuelvo al
agujero de la pared, suena el teléfono.
—Hola—
Del otro
lado una voz que imagino de colegiala me dice “¿papi?”. Corto. Me asusto. Juli
tiene cuatro y otra voz. Dominique Swain viene a mi cabeza.
Armo el
mapa mental mientras me pongo la campera para dejar la oficina. Lunes,
miércoles y viernes. Justo los viernes que salimos con los pibes. Lo hace para
joderme, le encanta verme verde de bronca pero esta vez no le digo nada.
Sonido
de mensaje. Es Pablo de contaduría. “Te deposité en el Santander, el blanco. Lo
otro, no va a poder ser efectivo entonces abrí una cuenta en el BBVA. Mañana te
cuento cómo nos vamos a manejar”
“Genial”
le escribo y mientras camino por Corrientes borro la conversación, por costumbre
ya nadie lee mis mensajes.
El
blanco es el treinta y cinco por ciento, o sea que me queda un buen resto que
no me va a poder reclamar. Miami. No subir fotos al IG.
Se
terminan los uniformes. La estatal es la mejor educación. Los cambios de
temporada se pueden arreglar con la ropa que dejan los sobrinos que son ricos y
más grandes. La Dra Oleink se va a tener que ir a la mierda junto con la
clienta.
Otra
vez, desconocido.
—Hola,
pa. Estoy en la estación y no te veo.
Corto, bloqueo.
Pienso en las estafas, pienso en la estación de Turdera. Luis Guillón. ¿Termina
en Ezeiza? Puede ser.
Mañana
es sábado. ¿Me toca a mí? No me dice nada para que la tenga que llamar. Me
insulta durante media hora, no me dice lo que espero y después me denuncia
porque no fui a la visita pautada.
Doblo en
Pueyrredón. El aire fresco me despierta. Llego y el Cabezón está en la mesa de
siempre. Cervezas, risas. Llega Fernando me golpea el hombro con el suyo.
—Marcos llega y media —dice con una aceituna en la boca que muestra el hueco de
la primera muela ausente. Lo de siempre,
un poco de fútbol, minas, infaltables. El Cabezón me señala con la mirada y un
acariciarse el bigote, dos minitas que están en la mesa frente a la nuestra,
cerca de la puerta del baño. —No tienen más de quince, pará —bajo la voz y miro
alrededor.
—Ahora
resulta que les hacés asco —me dice Fernando— ¿te olvidaste de la pibita que te
llevaste de los quince de Lola?
Vuelvo a
casa, mareado. Mañana tengo que ir por los chicos, creo que es el sábado que me
toca. No la voy a llamar.
Meto los
pies en el barro y cuando giro es un cementerio de tumbas de un metro de largo.
Me despierto babeado. Será el clonazepam. Me baño. Salgo a la jungla kínder.
Toco el
timbre. La cara de Eliana en gesto de guerra. Me da las mochilas y
recomendaciones que no escucho. Dijo algo de un medicamento, creo. No me
interesa.
Los
chicos felices, intentan planes para pasarla bien. Hablan sin parar. No sé de
qué. Gritan como desenfrenados. Me estalla la cabeza.
Llegamos
a Constitución, cruzamos la plaza. Sacamos boletos a Ezeiza. Saltan como perros
felices, piden golosinas del kiosco. La estación parece una mole húmeda en
blanco y negro. Me duele la cabeza.
Llega el
tren. Sube Manu primero, después Juli que pide ayuda. La levanto imitando el
sonido de un motor. Se ríe. Nos sentamos cerca de la puerta. El tren empieza a
andar. Todo es alegría. Lomas, sacan los caramelos. Temperley. Se detiene en
Turdera. Empieza el movimiento para seguir viaje, bajo. Desde la estación veo
el pelo de Manu que se acerca a su hermana. La ventanilla se aleja. Ya no los
veo más.
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